Ensayo de Abniel Marat en su presentación del libro Anzuelos y Carnadas.
4.20.2009
Un libro hecho de agua
Ensayo de Abniel Marat en su presentación del libro Anzuelos y Carnadas.
3.26.2009
No reces
tu sólo gimes,
tal vez rezas…
Mis venas entre tus venas laten
y tu sangre lubrica mi invasión.
Entro en tu santidad como un demonio
mientras tú como un mártir levitando
me escondes de la furia del cielo
en esa capilla dolida que es tu cuerpo.
No me es suficiente lamer hostias en tu lengua
compartir tu cuerpo como el pan multiplicado
y sorber tus mares entreabiertos
hasta embriagarme todo.
Preciso del maná que se esconde en tu herida
y que mis dedos pululan hasta aprehenderle
y compartirlo hasta que ya:
ni reces,
ni quede duda de que gimes.
3.23.2009
Bestiarius Sapiens
Luego de escoger el circo y la bestia
-pues tenemos derecho al temor y a sus confines-
la vida no es más que una apuesta
y una renuncia a la humanidad.
Renunciar a la humanidad es un derecho
-la vida no es escoger el confín del circo
desde donde tendremos temor
y luego apostar a la bestia-.
La humanidad no es más que un circo
donde se escoge -por derecho- ser la bestia
y confinamos el temor
para no renunciar a la vida.
Comienzo
Cuando al fin logró abrir la puerta, se percató que ya estaba adentro y que enfrente solo tenía la misma puerta para abrirla una y otra vez hasta el fin de los tiempos, entonces recordó que allí el tiempo, era circular y no supo que hacer, si detenerse a mirar la misma puerta por toda una eternidad o tener la esperanza de que podría salir y albergar esa esperanza hasta que algo diferente aconteciera. Decidió habitar el intersticio entre una puerta y la otra, la condena de abrir puerta tras puerta y verse frente a la misma puerta era intolerable en su mente, pero esta decisión aconteció una vez se vio en el desespero de abrir y cerrar una puerta y otra puerta y al fin del tiempo, fin que allí no existía, volver a cerrar la misma puerta y ya no pudo más. ¿Qué hacer cuando estas en un lugar donde la puerta de entrada es la misma que la de salida pero ambas dan al mismo sitio? Pues nada, te sientas, esperas, te resignas, lloras, te mueres del miedo porque no sabes que pasará si dejas de abrir la puerta. Nunca se pierde del todo la esperanza.
De los muertos, las palabras y el vacío
Osicran
Él es. Cuando él está de pie, es tan alto como las esculturas que se encuentran en la fuente. Sí, es un encuentro, allí se reúnen las cuatro estaciones, las mimas que no sentimos porque están ocupadas adornando la plaza o por que la plaza las adorna a ellas.
Su piel es color naranja, como una piel oxidada por los años, luce como si al tocarla se tocara. En sus arrugas habitan gotas ya secas, gotas disecadas, que cómo un hábito de años, mecánicamente se secan en su cara para que entonces él las reponga. Su brazo se tiende hacia atrás y como una pala mecánica toma el agua y se humedece. Su pelo siempre está mojado, como parte del ritual lo peina, a veces una pinilla, muchas otras los dedos son suficientes para alisar la lluvia gris de sus cabellos. Justo ahora se peina, como si advirtiera que lo recreamos en el instante justo de leer. Se pone de pie. Efectivamente es casi tan alto como las esculturas. A veces adivinándose miente pero a veces se esta también muy cerca de la verdad. Se mueve hacia el zafacón que tiene en frente, se reclina, lo mira y vuelve a sentarse.
Parece que reclama su espacio en la fuente. Éste ha creado... Él ha creado su propio altar. En esta fuente circular, en medio de la Primavera y el Verano, él se ha sentado de piernas cruzadas vestido de azur. Azur ya gris. En su alrededor hay vasos, botellas, latas, que obviamente vienen de haber estado en otras bocas, pero que ahora están llenos de agua verde, del agua verde de la fuente. Todos esos vasos, cientos de vasos, los extrae del zafacón; los toma, los lava y los llena de agua. Les busca un rincón entre los otros vasos, o botellas o latas, los más son vasos. Ha vuelto a ponerse de pie, ha vuelto a mirar el fondo del basurero, se ha vuelto a mojar el cabello y se ha acariciado las barbas. Su ciclo es más o menos lineal, no como el ciclo de las estaciones en ésta fuente redonda de la que hemos venido hablando.
No sé si ha mirado su cara en mucho tiempo. Parece que rehusara su reflejo cuando nunca mira al agua para tomarla. Siempre su mano está atrás, cómo una máquina que toma el agua y lo humedece.
Yo estaba entre las estaciones que seguían, éramos vecinos. Para mi sorpresa ha comenzado a moverse y ha movido uno a uno, sí, uno a uno, todos su cientos de vasos. El ritual vuelve a repetirse, pero ahora entre dos estatuas diferentes a las de antes. Ahora nos damos las espaldas uno al otro. Aunque no lo miro, puedo adivinar que es lo que está haciendo. Puedo imaginar su pelo verde, tan verde como el agua. Puedo imaginar como se peina.
Ha comenzado a llover la gente ha emigrado de la plaza. Quedamos solos yo y el, el y yo, opuestos en el círculo del tiempo. Aunque la lluvia hace en su cabello, lo mismo que en estas letras que ahora escribo, él sigue mojando su pelo con el agua de la fuente. La lluvia ha sido pasajera y ya los niños son los primeros en llegar a la plaza, a patear piedrecillas y a asomarse a sus pequeños fantasmas en el agua.
El ritual sigue. Ya ha pasado tiempo y se ha movido el hombre. Hemos vuelto a ser vecinos. Ha movidos sus vasos con igual respeto, al terminar, vuelve a buscar dentro del basurero, esta vez del que le queda linealmente en frente.
3.20.2009
Fifí Melé

Fifí Melé es rubia de profesión. Raza negada con un relajante profesional para el cabello rizo.
-Mirta: cualquiera que sea su problema de belleza Mirta tiene la respuesta.
Según mis conjeturas Fifí tendría unos 48 años pero con suerte aceptaría tener unos 38. Con polvo, bondo y colorete embalsama los restantes.
La encuentro sentada en un fasfúd y me asalta la curiosidad. Fifí Melé come french fries con su french manicure. Se chupa los dedos para sacar la grasa y sonríe, como si estuviera pasando por su primer orgasmo no fingido. Tímida, maliciosa. Viciosa.
Fifí Melé mira el video de reaggetón, mira las chicas meneándose hasta abajo, dejando caer el peso de sus pesos pesados traseros. Mira esos machitos pequeños para sus ropas de hombres grandes, mirándola desafiante, mientras miran a la cámara. Fifí Melé sonríe, como si recordara que anoche también perreó o como si el "gistro" le diera molestia y placer. Fifí Melé se goza sus papas fritas, pero las perlas no evitan que se chupe la grasita. Las perlas que la hacen Fifí no pueden ocultar que siempre será Melé.
Clave Verde

Manos vestidas de guantes jugando a ser diosas, rescatando de la muerte un cuerpo que se rinde. Un equipo de mujeres, en su mayoría, vestidas de azul, haciendo a ese cuerpo desconocido respirar, agarrándole la vida desde el rabo y diciéndole aquí te quedas.
Triste siempre es. Da igual un niño que muere acabando de nacer, que no pudo echar un vistazo a la vida, que un anciano que ha aprendido a despedirse con los ojos aguados y una tranquilidad que te llevas por dias en los bolsillos del recuerdo; y sacas esa imágen y la besas y te despides, como si con una despedida se dieran todas las despedidas posibles. Da igual que sea un joven, que su juventud le hace sentirse un rey y lo destrona en el minuto más agudo de su gloria.
Pero no da igual cuando en esa despedida, al otro lado de la cortina, nadie hay a la espera que se sucite el milagro, y se muere solo, sin el signo vital que no se mide.
Domingos con guayabas

Recuerdo que había un asiento trasero de carro, probablemente de un Nova; era en cuero negro, largo, sin divisiones, suficiente para unos ocho traseros de niños y niñas, también largos y flacos; algunos resortes le salían por los lados,al asiento, pero aún así, era cómodo. Ese era nuestro lugar de sosiego después de haber jugado, después de hacer brevajes mágicos, de cocinar con tierra, de ser superhéroes o heroínas; de juntar las muñecas más finas con los camiones más burdos, de correr diez veces, con zapatos de domingo, la vuelta a la casa de la abuela materna que estaba y está trepada en zocos, pintada en aquel entonces de un rosado-guayaba, que había envejecido el tiempo, que tenía ventilación cruzada a fuerza de huecos en las paredes. Aquel asiento era donde reposábamos nuestro cansancio, luego de jugar con los discursos que no entendíamos y que a fuerza de golpes aprendimos a digerir.
Aún pienso que éramos más adultos de lo que ahora somos, éramos más nosotros mismos. A veces quiero escapar y regresar a ese asiento debajo del árbol de guayabas, con los pies sucios por aquel patio de tierra suelta. Quisiera que mi preocupación mayor sea encontrar la mitad del gusano que ya empece a comer, y reírme, reírme sin razón alguna o aparente hasta el cansancio, de las botas de vaquero de Frao, de la mella de Mandy, de Gloria Esther cara de pastel, de Josy hablando de pestes a bacalao, de Aileen, de Danny... Todos comiendo guayabas debajo del árbol los domingos en la tarde.
Paseo cortante

Como el sonido de un cuchillo sobre una lija, cuando va y viene de un lado a otro en intervalos exactos de tiempo, buscando afilar sus dos caras, así sonaba la orquesta preñada de violas y violines en resaca. El viento era constante en su golpe sobre la nada y se orquestaba con el bailar de aquella red anaranjada que tendía de los andamios, esqueleto de metal oxdiado que parecía haber sido extraído del edificio neoclásico verdoso al que cubría, en aquella noche oscura, bajando la cuesta de la Norzagaray. Luces de autos intermitentes sobre las cornisas, revistiendo los tímpanos de penumbras vagas, definiendo volutas de cariátides, como disipando temporalmente los secretos de deidades griegas empotradas en frisos tropicales. Las gotas de una llovizna que no conocían una caída vertical, leves, nublando la vista, se volvían cucubanos migrando en manadas, sin rumbo fijo. Atrás el mar iba quedando, golpeándose así mismo con puños de oleaje enfurecido, recriminándose un algo, de lo que no hay constancia. El frío también acuchillaba la piel, que se volvía una lija.
12.01.2008
La Ley de los excesos reprimidos
Sólo se tenía que parar e insinuar con el más leve de los gestos las dimensiones de su instrumento de trabajo. Alguien de inmediato pararía -no porque ese fuera su propósito al pasar por allí- y sin preguntar el costo, lo invitaría a su auto. De inmediato extendería su mano y estaría dispuesto a pagar el precio que fuera (necesario). Él iría callado, con el brazo izquierdo extendido hacia atrás de la palanca de emergencia y el derecho -en puño- cerca de su sien, aprendiendo, como aprenden las fieras, el camino que le deparaba la noche. Las piernas abiertas y flexionadas ofreciendo el grueso banquete que marcaba su hombría a través de aquel pantalón que usaba para ejercitarse. Su cuello ancho recostado como un tronco cayendo, su piel de madera oscura y textura como el interior de las semillas- semillas como las que se repetían en sus pezones cuando endurecían-, sus pectorales estirando la camisilla y creando un vacío en el seno de su pecho, como su cuerpo todo que insinuaba haber crecido dentro de la misma ropa que ahora no soportaba el embate de su agrandamiento plural y contundente... todo añadía tensión a la escena de respiración profunda y cortada dentro del auto de turno. La música por más ligera que fuera se volvía pesada. La conversación nunca fluía. El aire siempre se sentía frío y el cliente siempre temblaba (caliente). No era mucho el desempeño que Lisandro tenía que hacer para que sus clientes quedaran satisfechos con la idea de que habían tenido la experiencia más alucinante de sus vidas. En la mayoría de los casos se limitaba a dejar que sus clientes lo tocaran mientras él permanecía indiferente pero duro. Una dura indiferencia dicotómica que los enloquecía al ver tanta virilidad expuesta y disponible a su antojo. Con clientes frecuentes, que ya de tanto nadar en esa recia hombría necesitaban algo más que sólo contemplar el cuerpo que se habían aprendido a causa de ejercicios de memoria siempre que el dinero no podía comprar la experiencia real, Lisandro se volvía un animal agresivo, arremetía con toda su fuerza -que no era poca- y desmantelaba, pelo a pelo, gemido a gemido, zarpazo a zarpazo; en fin, una a una cualquier ilusión o fantasía antes tenida para crear una nueva: la esperanza de que se repita el encuentro, la ilusión de que ese toro salvaje sólo quiera descargar su fuerza con ese torero que pinta su piel de rojo a golpe puro. Si algo de toda la ejecución ritual daba placer a Lisandro, era ver que en sus clientes causaba dolor y que los llevaba al límite en donde eran ellos los que, en medio del éxtasis, le pidieran lo que parecía inaudito: detenerse.
El recuerdo de Lisandro quedaba como un escapulario, su imagen descansaba en esos cuerpos de pecho a espalda y el ojal que formaba apresaba la cabeza con las divinas imágenes de pasión y muerte. Saborear su masculinidad era más bien pecado capital (herencia capitalista), no había forma de acercarse a tocarle sin lujuria, ni forma de recordarlo sin cierta mezcla de gula y soberbia, no había forma de disfrutarlo sin caer en los excesos al saborear ese cuerpo de exuberante.
La seguridad de Lisandro en sí y en su fuerza y la conciencia de su hermosura lo hacían carecer del más mínimo de los temores. Nadie arremetería contra aquel rinoceronte de gran cuerno, nadie sería capaz de pensar en perder la oportunidad de volver a compartir tanta belleza. Salía de noche, hacía algunos clientes y con ello cuadraba sus ingresos para cumplir con alguna responsabilidad de esas que no justifican su prostitución pero que la hacen comprensible. Sea cual fuera, sus clientes rogaban -egoístamente- que nunca fuera saciada la necesidad que lo hacía desbordarse por la oscuridad de esas calles y mantener así saciada su esclavitud a ese cuerpo alquilado.
Aquella noche se acercó legalmente por una de esas esquinas que abren el camino de concreto entre La Plaza de Convalecencia y La Universidad el Lcdo. Ceballos Arzuela. No hace mucho había dejado de vivir en el área -claro que en ese entonces lo conocían como ya nadie le conoce, por su nombre- para ejercer su Juris Doctor, para estacionar con menos riesgo su nuevo vehículo -alegado sinónimo de un esfuerzo que lo distancia de otros esfuerzos presuntamente no tan superiores pero evidentemente no tan bien remunerados; para vivir cerca de gente con la que pueda hablar a un nivel profesional pero con la que rara vez interactuaba, para esconder detrás de cierta ropa ciertos manerismos vulgares, para evolucionar entre otras cosas -porque la evolución tiene que ser constatable en materia-. Su salida del recinto de El Recinto no había sido hace mucho, su auto de lujo aún tocaba música de Silvio Rodríguez -hay contradicciones en la vida tan fuertes, yo no sé-. Antes nunca encontró el tiempo ni el interés para conocer el área, ni las áreas que mutan y mutilan según la hora del día o de la noche. El era un hombre escueto, de facciones suaves, de sonrisa perfecta, de vello femenino y aspecto casi impúber, piel rosada, boca rosada, ojos rosados, ano rosado. Tenía el don de la palabra, como buen abogado hallaba siempre la palabra perfecta. Tenía por novia a una compañera de estudios, ahora colega, también rosada, con quien tenía planes a falta de planes, todo parecía perfecto hasta que pasó por la Calle Brumbraugh y montó a Lisandro; comenzó a respirar profundo, padeció frío y tembló, su mirada era constante.
La embriaguez erótica que ahogaba al Lcdo. Ceballos Arzuela no era más que un desdoblamiento de su timidez. Lisandro tomó control de la escena en aquel cuarto de motel al que con frecuencia le dirigía la noche. Como la de un palomo que no ha volado, Lisandro entendió la inexperiencia de su compañía quién dejó la música del auto sonando para no escuchar y que no le escucharan las voces vecinas por el alegado temor a ser reconocido. No era de su oficio tener cuidado ni ser sutil pero este cazador que lo había llevado consigo para su placer ahora no dejaba de temblar y se volvía una presa. Le abrazó y le dijo que no temiera, que estaría bien, que él sabía lo que hacía. Guió con sus manos las de él y las llevó a explorar lo abultado de sus contornos y la gigantez de los espacios que se abrían entre su musculatura. El licenciado perdía toda cordura, Lisandro se sabía el primer hombre y la ingenuidad rosada de aquel hombre nuevo y rosado que temblaba de deseo no le permitió ser indiferente y lo sometió a su fuerza como se disciplina a un niño. No recibió resistencia a su brutalidad cuando su brutalidad estalló y toreó con toda furia embistiendo sin piedad contra este cazador victimizado que lo miraba con ojos cristalizados como se miran las luces cegadoras. Lisandro sintió algo que entendió como al odio pero que no era odio. Vio en este hombre rosado a todos lo hombres rosados que han intercambiado bienes con él y no podía entender que recibiera su rudeza como una bendición, el licenciado no se rendía ante el embate y parecía desearlo a merced del daño, a merced de la sangre que evidentemente vendría y vino. No había más que hacer entre aquellos cuerpos derrotados que continuaban dando la batalla de la embestida. No reconoció la rudeza límite alguno y no hubo agresión o caricia que por venir de tanta hermosura no fuera con beneplácito recibida. El tierno palomo rosado ya desfallecía extasiado y en sus ojos se leía una invitación a ser polvo, polvo enamorado. Lisandro mordía con más fuerza la piel de su carnada que sangraba y le recibía. Lo devoró a pedazos.
El cuerpo del exceso ha consumido al cuerpo de la ley, la ley que en su afán de control ha reconocido el deseo del exceso.
Lisandro salió asustado dejando los restos del cuerpo mordisqueado tendido en piezas sobre la cama. Se montó en el auto aún desnudo, su cuerpo estaba ensalivado, ensangrentado, llevaba dentro y fuera parte de aquel otro cuerpo pero la lluvia se encargó de limpiarlo a medias. La música en el auto aún tocaba, justamente la canción favorita del licenciado.
"...Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta. Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve. Ojalá por lo menos que me lleve la muerte para no verte tanto para no verte siempre en todos los segundos, en todas las visiones. Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones. Ojalá pase algo que te borre de pronto..."
11.04.2006
Osarial

¿Qué del desconsuelo?